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Domingo 8 de febrero, 18.00 h variaciones de lo real La cineasta, establecida en Holanda desde los años setenta, volvió a la ciudad donde nació, Lima, para filmar una impresión realista y melancólica de los efectos de la crisis económica. El arte de la supervivencia encarnado en personas —profesores, economistas, actores, policías— que tienen que trabajar de improvisados taxistas. “Un poeta español ha dicho que Perú es de metal y melancolía, metal quizás porque el sufrimiento y la pobreza nos han endurecido como el metal, melancolía porque también somos tiernos y tenemos la nostalgia del pasado” (Heddy Honigmann). Metal and Melancholy, Heddy Honigmann, 1994, 80', 16mm * * * * * * Heddy y la melancolía , por Johan van der Keuken En 1973 yo estaba de pie en un cruce de un suburbio de Lima y filmaba la riada del tráfico, la constante procesión de vehículos decorados de maneras curiosas que pasaban. Veinte años después, mientras miraba “Meetal en melancholie” de Heddy Honigmann, me encontré de repente dentro de aquella riada, en medio de aquel corazón palpitante que seguía adelante. Como somos una nación que vive con la tesis de Johan Cruyff de que “cada ventaja tiene su desventaja” y al revés, “cada desventaja tiene su ventaja”, nosotros, los holandeses, tenemos que ser capaces de identificarnos con el propietario del taxi antirrobo que no nos enseña los componentes de su sistema antiladrones: los diversos puntos con que su coche se burla del ladrón potencial no arrancando, haciendo imposible que se pueda cambiar de marcha, empezando a hervir o simplemente desmontándose. Un completo conjunto de desventajas que se convierten en una enorme ventaja para su propietario: lo transforman de perdedor en ganador, el chico que es más listo que nadie, el propietario de una ruina que, según su punto de vista, es una maravilla de la tecnología. Un coche inteligente. Al encontrar ese ganador nos hemos introducido en una nueva percepción de la pobreza. Ése es un mundo donde el sueño y la realidad son completamente intercambiables y donde nada es lo que parece. Heddy nos guía por ese mundo de una manera experimentada y, al mismo tiempo, receptora. Ése es también su mundo, ella sabe cómo funciona y políticamente se siente en él como en casa. Cuando vi el film por vez primera, me di cuenta con sobresalto de que mostraba a una Heddy que nosotros habíamos tenido cerca durante años y por quien habíamos sentido una buena amistad, pero que nos era muy poco conocida. Alguien que se encuentra como pez en el agua en la cultura general de la violencia desnuda, de cantar, llorar y aceptar, del fingimiento y el profundo deseo del amor. Muchas veces la habíamos oído hablando de los años en que era una militante maoísta, que defendía, por medio de panfletos, la justicia, la resistencia y la revolución, y nosotros habíamos considerado esas historias como los hilos que habían tejido la amplia red de rebelión que había cubierto América del Norte y del Sur, Europa y partes de África y Asia: el todavía clandestino nuevo mundo que gradualmente, pero cada vez más rápido, triunfaría sobre la abrumadora organización capitalista. Era también un sorprendente juego de ladrones y policías, en el cual tomábamos parte en un film peligroso. Pero ahora esta Heddy, en realidad, está en un film, con su voz y como la persona a quien te diriges fuera de la pantalla, y de repente ya no es un film. La podéis imaginar como una chica bastante rica que gradualmente deja atrás su entorno protegido de Lima y entra, cada vez más, en el terreno de la desesperación. Ella tiene conciencia social y se arriesga, pero también continúa siendo la chica rica, desde el punto de vista de la innumerable gente pobre que considera que la posición social de los ricos es una cosa casi natural y lógica dentro de una sociedad donde ellos mismos se lo tienen que montar para sobrevivir. Y ahora que es parte del film, Heddy no traiciona esa posición. Y esto no es un film, sino la realidad aprendida a través de los años, cuando ella decía a los hombres, mujeres y niños que le alargaban sus mercaderías por la ventanilla: “ No, gracias ”; no es necesario. Nosotros, ahora, como directores de cine, llenos de buenas intenciones y provenientes de un país rico, querríamos comprar todo ese género para justificarnos nosotros mismos por nuestros metros de miseria filmada. Heddy sólo compra lo que necesita. El actor-taxista vende bolígrafos. “ No, gracias ”, dice Heddy. Pero le gustan los pasteles que él hace aparecer después: “Me los llevaré todos”. Esa actitud práctica y no sentimental en la cual no domina la ley de la ficción sino la de la costumbre –la antigua costumbre de decir “ No, gracias ”, que Heddy debía de aprender cuando era muy pequeña- abre una puerta a una ficción que hace soportables las vidas de todos los actores del film. Esa ficción transcurre en un juego continuo de imágenes en movimiento: dentro y fuera, y lo que es obvio sugerido por lo que es subjetivo. Dentro del taxi, las historias que se convierten en vida, lo que se ha soñado estando despierto y las experiencias que se han tenido se aceptan y se colorean con la esperanza y el deseo. Ficción, mediante la cual supongo que la realidad es experimentada por un ser humano y filtrada por el alma. (En general, yo no creo, realmente, en el alma, pero en este film tienes que creer en ella). Eso es la realidad de segunda mano. Fuera, mostrándose a través de las ventanillas del coche, pasa la realidad de primera mano. El acontecimiento empieza tan pronto la cámara se pone en marcha. Es captada en su falta de previsibilidad ý con su abrumador vacío. Vacío en el sentido de que no se puede decir nada más sobre eso. A veces dejamos la intimidad de los taxis para hacer una excursión por el mundo exterior y, haciendo eso, entramos en otros mundos privados. Por ejemplo, el del taxista que nos lleva a su casa, un agujero de hormigón donde él mismo se pierde en la descripción de una mesa, de la cual sólo quedan unos cuantos fragmentos. Una mesa que ya no está aquí, y tu te preguntas de qué diantre habla, aquel hombre. Y, de repente, te das cuenta: recrea la mesa de su imaginación y lo comparte con nosotros. ¡En ella puede sentar a treinta o cuarenta personas! ¡Incluso podría sentar en ella a setenta u ochenta cómodamente! Y nosotros nos alegramos de ello con él. Entramos en muchos más mundos privados como por ejemplo ése, pero también está el abismo, literalmente el cementerio del film. Aquí están completamente expuestos los cuerpos anónimos de la pobreza. Han sido arrojados dentro de ese cementerio, y de vez en cuando los familiares vienen poco tiempo después a rescatarlos de aquella maraña en descomposición. Pero normalmente no tienen a nadie que les eche de menos, y al cabo de poco una capa ya los ha enterrado. Heddy visita el cementerio con una mujer taxista, y está bien que ella esté visiblemente presente mirando las desoladoras imágenes en nombre de los espectadores. Haciendo eso se responsabiliza del film, y lo hace sin nada de patetismo. A lo largo de todas esos encuentros, tanto dentro como fuera, la principal pregunta que plantea “Metaal en melancholie” se vuelve evidente, sin tener que formularla con palabras: ¿cómo es posible que toda esa gente decidida, refinada y encantadora pueda existir en una sociedad donde el cinismo y la crueldad parecen una regla? Hay una respuesta y otra vez está en el cementerio, en el “abismo”. No está situada en el mundo exterior, sino en un taxi. Está aquí, bajo el aspecto del joven policía. Completamente transparente, un abismo de buena presencia. Se matriculó como estudiante en una facultad y ejercía de informador para el gobierno. Nadie sabía que, en realidad, era un juez. Él decidía qué profesores o qué alumnos tenían que ser encarcelados “a causa de su comportamiento subversivo” y cuáles podrían continuar con sus vidas. A menudo se da el caso de que a la gente que les gusta pronunciar duras sentencias están empujados por el miedo y una baja autoestima. Ése no es en lo más mínimo el caso de nuestro policía, que considera que tiene buena conciencia; aunque eso no es otra cosa que el juego de cara o cruz: cruz, morir y cara, vivir. Debe de estar en algún lugar en una escala entre Apeman y Eichmann, pero, en el análisis final, esa persona es difícil de recordar, inodora e insípida. No queda de ella ni una bocanada, del hedor de la muerte. Pero está allí y por esa única razón ya conocemos bastante de ella. Heddy, la productora Suzanne van Voorst, el cameraman Stef Tijdink, el técnico de sonido Piotr van Dijk y el montador Danniel Danniel, la maestría de los cuales se puede notar en toda la obra, hacen lo que tienen que hacer. Dejan charlar al policía (como si nada) y lo siguen con imágenes de gente incluso más bien tratada de lo que es normal e interesada por la vida, sus niños y música. Eso nos hace olvidar a la persona inodora e insípida, y nunca se convierte en una cosa edulcorada. Todavía hay esperanza. En la época en que una remarcable indiferencia ha levantado su peligrosa cabeza, Metaal en Melancholie nos trae a la memoria un recuerdo del mundo real que hay más allá. Y me gustaría dar las gracias a la gente que lo han hecho posible. Querría dar las gracias a la Pequeña Heddy, que, haciendo este film, se ha convertido en la Gran Pequeña HeddyJohan van der Keuken, 26 de septiembre del 2000 * * * * * * Metal and Melancholy, Heddy Honigmann, 1994, 80', 16mm DISTRIBUIDORAS DOCUMENTAIRE SUR GRAND ECRAN DISTRIBUTION |